domingo, 28 de agosto de 2016

-¿Cómo surgió la idea de escribir sobre esta hija tan tremenda?

 -Con los años uno va escribiendo no sólo a favor de lo que elige sino en contra de lo que ya escribió. En mi libro La muerte como efecto secundario hay un padre terrible que le hace mucho daño a su hijo y pensé: bueno, ¡es hora de pasarles factura a los hijos! Por otro lado, tengo tres hijas. Quería expresar mis propios sentimientos acerca de la maternidad, con toda su complejidad, pero no quería molestar a mis hijas, necesitaba un personaje radicalmente distinto de ellas.

-La generación de los 70, rupturista y cuestionadora de la familia burguesa, parece puesta en tela de juicio, porque esos padres no pueden educar a su hija, son unos padres bobos.

- Sí, son unos padres bobos, pero son esos padres, no son los representantes de su generación. -¿Tu intención no era hacer una crítica generacional?

- No, pero sí mostrar angustias, dudas y problemas que son muy característicos de nuestra generación. El peso del psicoanálisis haciendo que los padres carguen con la culpa de los hijos hasta la tercera y cuarta generación.

-Empezás diciendo, "El barco era grande como la muerte" y después viene una historia que parece liviana, gente que se va de vacaciones. Es un anticipo de lo que vendrá.

- Claro, incluso en ese primer capítulo hay un contraste entre las diversiones del barco y las noticias y los recuerdos terribles que vienen de la Argentina: mientras los mozos se disfrazan de gitanos, llega un telegrama de que aparecieron 34 cadáveres dinamitados en el puerto. - Incluís el diario de la escritura de “Hija”, que tiene un efecto de distanciamiento.

-Le recuerda al lector que está leyendo una ficción, que hay alguien que la está armando. Cuando leo un libro, creo que todo eso le pasó al escritor, a pesar de que soy del oficio. Y me pregunto, ¿de donde lo habrá sacado? Me pareció que contar la trastienda podía ser interesante para el lector.

- ¿Por que te pareció necesario incluir la historia previa de la pareja de Guido y Esmé en París antes del nacimiento de la hija? -Me importaba mucho contar a qué familia se iba a incorporar Natalia.
Quería mostrar que había sido una hija muy deseada, que venía de una familia normal.

Por eso es tan cruel. - Sí, es cruel. Si me preguntás qué podrían hacer esos padres para que la hija no fuera así, bueno, hay muchos que te van a decir que podrían haber hecho esto o aquello. Pero yo no lo sé.

-Los padres no ven.

- Eso, niegan, pero si no hubieran negado quizá no hubiera cambiado la cosa.

Entrevista a Ana María Shua



La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. La cuestión de la autocompasión. Estas son las primeras líneas que escribí después de que pasara.

  Joan Didion






viernes, 12 de agosto de 2016

"Tengo suerte. Es una bendición elegir una vida artística y tener un trabajo que a veces te permite cambiar las cosas. Merece la pena pagar el precio en tu vida pública. Aunque, en ocasiones, implica resignarse a la humillación y, otras veces, entender cuándo los silencios perpetúan un problema mayor. En octubre 2014, un artículo publicado en un tabloide informó que posiblemente me había operado para alterar mis ojos. No importaba, era sólo una historia más en la inmensa pila de estiércol que genera cada día la prensa sensacionalista, alimentado por titulares explosivos y gente aficionada a la crueldad cobarde desde sus púlpitos anónimos de Internet.

En los intereses del periodismo de tabloide -que se beneficia del caos y escándalo que genera e inyecta en la vida de la gente- y la consiguiente humillación, la verdad queda reducida a ser una nota al margen de un argumento ficticio. No creo que haya ninguna dignidad en dar explicaciones a quienes comercian con escándalos inventados o en buscar la aprobación de aquellos que hacen de reírse de los demás un deporte.

"Escribo para ser fiel a mí misma, debo defender las verdades de mi vida y porque ver cómo se transforma el rumor de tabloide en verdad es realmente preocupante. La sensacionalista historia de la "cirugía de los ojos" por sí misma no tiene importancia, pero catalizó mi inclusión en la consiguiente hilo de noticias legítimas sobre la autoaceptación y las mujeres que sucumben a la presión social para parecer y envejecer de cierta manera. En mi opinión, que la suposición del tabloide se convierta en un noticia de la que informan los grandes medios, sí importa. "No es que le importe a nadie, pero no tomé la decisión de cambiar mi cara y operarme los ojos. Este hecho no es relevante para nadie, pero que la mera posibilidad fuera discutida por los periodistas serios y se convirtiera en tema de conversación generalizada es una desconcertante ilustración de la confusión entre noticias/entretenimiento y la fijación social por lo físico.

No es un secreto que históricamente el valor de una mujer se ha medido por su apariencia. Aunque hemos evolucionado hasta admitir la importancia de la participación femenina en el éxito de la sociedad, y damos por supuesto que las mujeres también marcan los estándares y todos los puestos de alto nivel e influencia, el doble rasero a la hora de valorar nuestra contribución permanece, y se perpetúa por la conversación negativa que introducimos en nuestro día a día como entretenimiento fácil. "¿Demasiado delgada, demasiado gorda, se le ve mayor, mejor como morena, muslos con celulitis, escandaloso lifting, quedándose calva, barrigona o hinchada? Zapatos feos, pies feos, sonrisa fea, manos feas, vestido feo, risa fea; material de titulares que enfatiza las variables que pretenden determinar el valor de una persona y servir de parámetros en, cuyo estrecho margen, cada uno de nosotros debemos entrar para ser considerados socialmente aceptables y profesionalmente valiosos, y para evitar un doloroso ridículo. "

¿Y si las insulsas historias sensacionalistas, los juicios y malentendidos quedaran confinadas en el tarro de entretenimiento vulgar y se sustituyeran en los medios de masas por conversaciones mucho más importantes y necesarias? "¿Y si tuviéramos más cuidado y fuéramos más conscientes de nuestras elecciones, y cómo canalizamos nuestra energía y lo que compramos, recordando que la información - tanto real como ficticia- se suele tratar como una mercancía y, sus contenidos y cómo se usa, tienen consecuencias personales, sociales y públicas?

 "A lo mejor podríamos hablar más de por qué parece que compartimos un apetito común por ser testigos de la degradación y humillación de personas con ataques a su apariencia y carácter y cómo esto afecta a las generaciones más jóvenes y daña la igualdad. Y, sobre cómo medios serios se han vuelto vulnerables a noticias/ambigüedad de entretenimiento, que peligrosamente allana el camino para invenciones peores que ataque la conciencia del público con mayores consecuencias. A lo mejor podríamos hablar de nuestros numerosos verdaderos retos sociales y cómo podemos mejorar".

Renée Zellweger

sábado, 6 de agosto de 2016

–Hay en su obra, especialmente en sus primeros poemas publicados, una constante referencia a la locura. Incluso la invoca como si fuera el camino para cumplir su destino, “el camino más alto y más desierto”. ¿Por qué esa invocación? ¿De qué demencia se trata? ¿Es una invocación filosófica, en el sentido de Platón, o usted habla concretamente de la enfermedad mental, del sufrimiento y de la internación que usted padece?
–Me refiero a la demencia en el sentido más total, absoluto. Hay formas de la demencia que obedecen a los nervios centrales y otras a los nervios periféricos. Pero también puede ser un castigo. El que va a nacer elige ser bueno o malo. Eso se da hasta con las vacas. También es cierto que la mayoría de los demonios tienen la médula desviada. Cualquier enfermedad, aun el cáncer, es estado de locura. Los médicos tendrían que seguir a fondo las enseñanzas de Hipócrates, que curaba hasta con fuego. ¡Y pensar que incluso hay gente que se alegra de estar loca! La demencia debe ser vista desde un punto de referencia moral. A esa pobre gente que está en el hospicio habiendo pasado por lo más horrible habría que darle buena comida (aquí la comida es pésima), y enseñarles a sentarse a la mesa, a no robar, a no blasfemar... Hay que cambiar, fundamentalmente, la higiene. Es que el hambre, el abandono, la suciedad, las humillaciones, la crueldad de la pobreza contribuyen al deterioro sin tregua de la criatura humana, de su cuerpo y de su alma. Es cierto, en mi poesía invocaba la locura. Aquí se conoce la locura.
–La relación entre el arte, las crisis espirituales más profundas, esos estados que suelen calificarse de locura o demencia, continúa siendo un misterio de difícil revelación. En su criterio, ¿en qué medida la enfermedad mental puede influir en una obra artística? Y de darse: ¿cómo se percibe esa influencia? ¿Con qué palabra se describe? ¿Quién puede rendir cuentas de la normalidad de un abismo por fuera del abismo?
–Diría que es un misterio de esencialidad poética, que se arrima a lo divino, y que no puede ser debidamente abarcado por quien no se haya purificado en el fuego de la poesía, primero su lengua y su razón, y después su alma. Corelli escribió su sonata “La locura” después de estudiar durante años esas enfermedades. Y cuando terminaba de tocar la sonata en su casa salía a la calle a conocer a la gente, viendo con tristeza que la mayoría estaban locos. Yo he investigado el alma, también la psiquiatría, en tanto se ocupa del alma, sin decirlo y sin saberlo, lo que aún es más trágico. Y sé que los ciegos y sordomudos son dementes. Que los muy ricos y los que llevan uniformes son dementes y peligrosos. Y que los que visten sotanas y se llaman hijos de Cristo son los más dementes, hipócritas y demoníacos de todos. En cuanto a mi obra, los médicos dicen que no hay en ella signos de enfermedad. Y aunque no es gente de gran entendimiento, en esto no se equivocan, ya que no hay en mi poesía nada en contra de la gramática, y menos todavía en contra de los grandes estupores que nos presenta la vida. Pero a la vez presiento que en la poesía y en la locura hay un mismo soplo.
–¿El soplo de la inocencia?
–¡Y del espanto!
–En el nombre de la “razón”, la sociedad prohíbe el delirio, las leyes y la psiquiatría lo castigan. ¿Pero qué es el delirio? ¿La secreta necesidad poética de la especie humana? ¿La creación de un hombre superado por su conciencia y su dolor para no estrellar su cabeza contra un muro?
–Hay un delirio poético, del que padecen los poetas, los artistas, y que no siempre es doloroso aunque provoque angustia. Pero el delirio que yo conozco en la profunda intimidad de mi ser es el del hombre que busca todos los caminos en una gran oscuridad para encontrarse con Dios. Acá, en el hospicio, hay otros delirios, pero se apagan lentamente... Siempre el delirio es como salirse de un surco, un arado que escapa del surco.
Los tribunales clasifican a los enfermos en tres categorías. Primer grupo: el de la fatuidad (imbéciles, idiotas). Segundo grupo: los frenéticos.
Tercer grupo: el de la insania. A mí me incluyen en el tercer grupo... ¿Podrán saber que hablo con Dios, que me besan los ángeles? ¿O burdamente piensan que deliro cuando me niego a repetir que dos más dos son cuatro? Me pregunto, usted ama la poesía, pero vive fuera del hospicio, ¿eso lo salva del delirio?
–Yo me pregunto si quiero ser salvado... Para mí el delirio son instantes. Instantes que duran toda una vida. Y es un derecho profundo, personalísimo. Lo veo como una demostración de que el alma existe.
También siento el delirio como una virtud humana, que trae la gloria, y nos sostiene ante la mirada de la muerte; entonces intuyo que el precio de su existencia es el infinito espanto de estar abandonados y solos en el momento de la verdad...
–A mí me espanta su tristeza; tendría que volver a Dios. Porque su tristeza puede convertirse en una ofensa para el infinito amor de Dios. Yo puedo pedirle a Dios que en el momento de su muerte lo reciba. Pero tendrá que esperar, el río de su viaje es caudaloso. Además aquí en el hospicio, siento por momentos que ya no soy yo. Todo languidece, se opaca... Es tan difícil vivir aquí sin que el alma se convierta en una piedra... ¿Será por eso que los médicos todavía persiguen la piedra de la locura? Hay noches en que miro la noche y me río. Horas y horas me río, pero en silencio, que nadie me escuche...
–A través de la experiencia de su larga reclusión, ¿piensa que hubo alguna evolución en las técnicas psiquiátricas, en la comprensión del mundo diferente del internado, en la situación de vida en el hospicio? ¿Es una desmesura imaginar en este lugar a un psiquiatra que ve en los ojos de su paciente la luz sin mácula y a la par desgarrada de la poesía?
–¿Ver la luz celeste de la poesía en la oscuridad perversa de un infierno...? Sólo Dios, o los ángeles podrían hacerlo. Me cuesta hablar de la realidad del hospital en forma tan directa, particular. No se olvide de que para la sociedad sigo siendo un loco, un incapaz de buenos juicios. Que debo, al menos en lo formal, aceptar el orden que se me impone, por injusto que sea. Es que no tengo defensas. Ya no existo para el mundo exterior; soy –aunque yo sé bien lo que en realidad soy– un poquito más de esa basura que se aparta para que no hiera con su hedor. Eso sí, por lo que yo puedo testimoniar en carne viva, diría que la psiquiatría vigente no merece ser tratada ni analizada como ciencia. No han ido más allá del castigo indiscriminado, del electroshock o la receta de pastillas. En cuanto a saber del espíritu, nada, nada. ¿Pero acaso podríamos pedirle a la psiquiatría de hoy que entienda lo que es un poseso en la filosofía de Platón? Aun así debemos tener compasión por las ciegas criaturas que nos dañan. Y paciencia: paciencia del amor y del llanto...
–¿Tendrán idea los que dirigen estos hospicios del daño que causan? ¿Sabrán de la falsedad esencial del sistema de representaciones que encarnan? ¿Estarán en conciencia de esa herida que agravan en el espíritu del internado hasta volverla crónica, mortal...?
–Si tienen idea, la callan. Si tienen conciencia, la reprimen. Se escuchan orgullosos a sí mismos en ese páramo silencioso que llaman ciencia, y no contemplan en su espejo vacío nada de nada. Para ellos el bien es salud, y la salud silencio y obediencia, aceptar el infierno y dar las gracias. Están por la experiencia, prefieren defender la razón. ¡Todo es una gran tragedia!
–He visto que en el hospital, bajo la lógica manicomial, y amparados en el poder, los dueños del saber confunden la experiencia con la rutina y el acostumbramiento, y la razón, la diosa Razón, la reducen a imponer la obediencia, mientras la verdadera razón huye despavorida... En estas circunstancias pregunto: ¿Qué hace aquí? ¿Por qué sigue aquí? ¿Han leído los médicos su poesía? ¿Hay algo más certero que la poesía para conocer la verdad profunda de un hombre?
–Usted cree demasiado en la poesía, le espera una vida difícil. Yo también creo, pero desde la resignación. El misterio de la poesía nos saca de la influencia de la carne y nos permite esperar la noche divina. Soy un poeta que ya no busca las palabras, sino el verbo; pero para los médicos y los jueces, para su cruel simpleza, sigo siendo un enfermo mental. Sin embargo, para mí, la sociedad en su conjunto está trastornada. Gran parte de la gente padece de problemas mentales, en especial los psiquiatras, los gobernantes, los hombres del poder. ¿Es que alguien sabe lo que es el alma, lo que es el intelecto? ¿Es que alguien ama a su prójimo como a sí mismo? Los que ven a un preso, ¿miran al preso? Los que vienen al hospicio, ¿miran al loco?

martes, 2 de agosto de 2016

Ambigufobia. Se trata de un término acuñado por el escritor David Foster Wallace. Se refiere a la sensación de incomodidad al dejar cosas abiertas a la interpretación.
L’appel du vide. Expresión francesa que se puede traducir por “la llamada del vacío” y con la que se habla de las ganas de saltar al ver un precipicio. “La gente habla del miedo a las alturas -escribe Smith-, pero en realidad la ansiedad que provocan los precipicios a menudo tiene menos que ver con caer que con la terrorífica pulsión de saltar”.
Awumbuk. Palabra de los baining, que viven en Papua Nueva Guinea y con la que se describe la sensación de vacío que dejan las visitas al irse. “Las paredes hacen eco -ilustra Smith-. El espacio que estaba tan lleno ahora parece extrañamente amplio. Y aunque a menudo hay alivio, también nos quedamos con una sensación apagada: como si una niebla hubiera descendido”.
Basorexia. La necesidad repentina de besar a alguien.
 Cibercondría. “Ansiedad sobre ‘síntomas’ de una ‘enfermedad’ alimentada tras ‘investigar’ en internet”. Las comillas son de la autora. El neologismo, por cierto, lo recoge ya Fundéu.
 Dépaysement. Palabra francesa que recoge la “desorientación que sentimos en sitios extranjeros”. Ilustra los esfuerzos por descifrar un idioma extraño y por calcular cuánto vale ese puñado de monedas que llevamos en el bolsillo. Se trata de una sensación en ocasiones frustrante, “que nos deja incómodos y fuera de lugar”. Pero que también hace que “el mundo nos parezca nuevo una vez más”.
Dolce far niente. El placer de no hacer nada.
Fago. Es la pena que sentimos por alguien que necesita ayuda y por quien nos preocupamos, sin dejar de tener presente la idea de que algún día le perderemos. Este término de los ifaluk, las islas Carolinas del Pacífico, “sobreviene en esos momentos en los que sentimos de forma tan arrolladora nuestro amor por los demás, su necesidad de nosotros y el hecho de que la vida es temporal y frágil, que se nos llenan los ojos de lágrimas”.
 Going postal. Entre 1986 y 1997, varios empleados del servicio de Correos de Estados Unidos mataron a tiros a compañeros y jefes. Fueron en total 40 víctimas en unos 20 incidentes. La expresión going postal describe desde entonces los ataques de ira y rabia en el puesto de trabajo.
 Greng jai. En Tailandia, es “el sentimiento de no querer aceptar una oferta de ayuda por las molestias que causaríamos”.
Han. En coreano, es una aceptación colectiva del sufrimiento combinado con un deseo silencioso de que cambien las cosas. Una mezcla, según la escritora coreana Park Kyung-ni, de tristeza y esperanza.
 Ijirashii. Es la sensación de emocionarse al ver cómo alguien supera un obstáculo o hace algo digno de elogio. Esta palabra japonesa identifica “el sentimiento que podemos tener cuando vemos a un atleta llegando a la meta final contra todo pronóstico, o al oír que un sin techo ha devuelto a su dueño una cartera perdida”, escribe Smith.
Kaukokaipuu. Deseo de viajar (en finlandés). En ocasiones se traduce por otro término alemán parecido, Wanderlust.
Mono no aware. Expresión japonesa que hace referencia a la contemplación de una belleza que sabemos pasajera. Smith escribe que este concepto reúne la “pena y serenidad que sentimos al reconocer la inevitabilidad del cambio; la tristeza que anticipa las pérdidas que vendran, y la chispa añadida a los placeres porque sabemos que tienen que terminar”. El concepto tiene raíces en el budismo zen y está estrechamente relacionado con el wabi-sabi, un término estético japonés que se refiere a la belleza que se encuentra en las cosas inacabadas o imperfectas, como en el caso de un cuenco de porcelana con grietas.
Nakhes. En yidis, es el orgullo que sienten los padres por cualquier pequeño logro de sus hijos.
 Nginyiwarrarringu. Para los pintupi, que viven en el desierto de Australia Occidental, hay 15 tipos diferentes de miedo. Smith menciona el ngulu, que es el miedo que sentimos cuando otra persona busca venganza; kamarrarringu, la sensación de que alguien está detrás de ti; kanarunvyju, el miedo a los espíritus malignos que no te permite conciliar el sueño, y nginyiwarrarringu, el espasmo de alerta que te hace ponerte de pie y mirar alrededor, buscando qué lo ha causado.
Oime. La intensa incomodidad que supone estar en deuda con alguien. Es japonés.
 Pronoia. La extraña sensación de que todo el mundo te quiere ayudar. Efectivamente, es lo contrario a la paranoia.
Ringxiety. Término acuñado por el psicólogo David Laramie y que podríamos traducir (quizás) por “ringsiedad”. Define ese momento de “ansiedad de bajo nivel que nos lleva a pensar que hemos oído cómo sonaban nuestros teléfonos, aunque no lo hayan hecho”. La pena es que la referencia al sonido hace que no sirva para las vibraciones fantasma del móvil, que según varios estudios ha sentido alguna vez entre el 70% y el 90% de la población.
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