viernes, 8 de enero de 2016


Twitter es un vertedero, la tumba de la inteligencia. No me refiero únicamente a los comandos organizados que alimentan los circuitos del odio durante horas sin descanso. Toda operación revolucionaria necesita soldados rasos suficientemente ignorantes y entregados como para perder la vida, que hoy es el tiempo, en estériles maniobras de acoso y derribo. Y nuestros chavistas ibéricos cuentan con un ejército. Esto es duro de reconocer para los que consideramos que España no es diferente ni los españoles especialmente cainistas, guerracivilistas o envidiosos. Hay un sector, reconcentrado y activo, que sí lo es. Y con él hay que lidiar. Es el que responde con automatismos a los estímulos más romos.

 El que lee «chica del PP» y entiende: corrupta, facha y pija. Odia a los pobres (quería estar en la tribuna VIP), detesta a los gais (de ahí sus críticas a la túnica rosa de Gaspar), aborrece a los negros (a los que nosotros, paradójicamente, ponemos a tocar una kora africana en plena Era Obama) y desprecia a las mujeres (porque el auto odio no es patrimonio exclusivo del constitucionalista catalán). Ah, y, por supuesto, es una integrista religiosa, porque para qué preguntar si cree mucho, poquito o nada, no vaya a ser que en esto también esté con Savater. Que lo estoy. Con estos tontos no hay nada que hacer. No interesan ni como objeto de bloqueo. Más relevante me parece lo que está ocurriendo fuera de los círculos del sectarismo podémico, en las cumbres de la política y el periodismo.

 Viejos y nuevos. La pérdida no ya de calidad sino de capacidad básica de comprensión e interpretación es asombrosa. Como si la restricción de caracteres impuesta por Twitter hubiera impuesto una restricción mental equivalente: la obligación de prescindir de la ironía, del humor y del matiz; de las referencias literarias, más o menos veladas, y de las figuras retóricas, incluidas las más evidentes como la hipérbole o la repetición. Jamás, jamás, jamás. Estos días me han preguntado, con toda seriedad, qué tal está mi hija y si algún día lograré perdonar a Carmena. También he leído que mi tuit forma parte, incluso encabeza, «una ofensiva del Partido Popular». Y esto en el mismo periódico que hace pocas semanas me calificaba, con amabilidad, de «heterodoxa» en su portada.

Por no hablar del delirio al que han llegado algunos sabuesos digitales, que detectan una conspiración política de gran alcance orquestada desde Faes. ¡Uy, qué morbo! Sí, Twitter está arrasando con la política y el periodismo cultos, esforzados, incisivos e inteligentes. Y, sin embargo, no por ello vamos a dejar de usarlo. Que los tontos no corrompan nuestro juicio ni nuestra conciencia. Seguiremos dialogando. Como si del otro lado estuviera siempre Montaigne.

 Cayetana Álvarez de Toledo es portavoz de 'Libres e Iguales'

jueves, 7 de enero de 2016


“Después de tomarlo, mis ojos se abrieron. Sólo utilizamos una décima parte de nuestro cerebro. ¡¡Piensa qué podríamos lograr si pudiésemos aprovechar esa parte oculta!! Esto significaría un mundo completamente nuevo. Si los políticos consumieran LSD no habría más guerra, o pobreza, o hambre”. Con estas palabras, recogidas en la revista Life en 1967, Paul McCartney reafirmaba su defensa de la sustancia descubierta por Albert Hoffman treinta años antes. Y quién sabe si inspiró al escritor dublinés Alan Glynn, para escribir su libro más exitoso, 'The Dark Fields', publicada en 2001. Su debut literario se centró en un joven escritor que se asoma al abismo creativo y vital antes de que una sustancia llamada NZT entre en su vida. Una década después, la historia de Glynn fue llevada al cine bajo el título de 'Sin Límites'.


De 'Breaking Bad' a 'Sin límites': drogadictos, alcohólicos y otros viciosos televisivos
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