viernes, 22 de abril de 2011

Nací (es un decir).


Guardo entre gasas mi único cadáver,


aquel cordón umbilical que ella mantuvo


en escondite de múltiple avaricia


hasta dármelo a la edad de mis sesenta.


Tozudo soy como una rosa.

Y sucesivo como las hormigas.


Lento, hasta ser todo invierno.


Y dulce hasta mis huesos.


Fui una sólida monja hasta ser padre.


A mi primera hija se la robé a su madre


un día en que el amor andaba

de animal aturdido dando tumbos

casi de farra loca por la casa

y lo atrapamos.


Tengo otra hija con la cabeza revuelta


por los pájaros.


Tres hijos del otro lado del océano,


dos nietos que por dudar de mi existencia


me llaman Sebastián,


y una madre que resiste riendo


la inundación y el tiempo.

De mis cuatro esposas,


la primera se ahogó en sus propios ojos,


la segunda fundó una maternidad,


la tercera regresó a su sitio natural

de un cuadro de Filippo Lippi


y la cuarta me arropa y alimenta

y con cuchillo de azúcar


hace de mi dos hombres que la aman.

Por mi árbol genealógico ha descendido


tanta gente que me hace ruido dentro.


Desde el minero empaquetador de azúcar


que me trajo


hasta Vidriera, el licenciado.


(a pleno día se me ve la noche.)


Por la palabra, al artefacto que soy


le fue dada la rosa en consideración

el cordero en cuidado


y el silencio de Dios en cautiverio.


Silaba a silaba, comparto el gineceo


de las palabras que me aman.


Un mujerío que teje/desteje como Safo


mi inconcluso diccionario perplejo.


Se presentan, ahora, asuntos nuevos

Del girasol se fuga el amarillo.


Llaman a la puerta. Es la humedad.


Ni el licor de lo eterno, ni Sherezade,

ni la picadura súbita del pezón más colibrí

pueden hacer que reviva lo que olvido.


Veré de poner música esta noche


no vaya a ser que tope con un golpe


de dados y mi azar no lo sepa.


(de "La bañera azul")

ESTEBAN PEISCOVICH



FUENTE: Los Palabristas

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