jueves, 5 de enero de 2012

Había una vez un hombre de hierro. Era fuerte Sus músculos eran de hierro, podía hacer cualquier trabajo. Sus piernas eran de hierro, podía caminar incansablemente. Su cabeza era de hierro, podía ser golpeado sin sentirlo. Sus pensamientos eran firmes como el hierro; sus manos eran de hierro, podía tomar con firmeza lo que quisieran. Su corazón era de hierro, sus sentimientos le pesaban mucho. A veces le resultaban insoportables.

Un día el hombre de hierro se enamoró de una mujer de seda. La mujer de seda tenía la piel casi transparente. Sus ojos su mirada, eran de seda. Sus manos de seda podía realizar los más delicados trabajos. Sus pies de seda pisaban sin dejar huella, sus brazos de seda eran impalpables cuando abrazaban. Su pelo de seda caía como una cascada sobre sus frágiles hombros de seda. Su voz de seda a veces no podía expresar la compleja urdidumbre de su corazón de seda.

El hombre de hierro tomó a la mujer de seda entre sus brazos y quedó envuelto en ella. Caminó por el campo, comenzó a llover; llovió mucho, la mujer de seda quedó empapada, pegada al hombre de hierro. El hombre de hierro seguía caminando con los pies metidos en el barro. Su peso lo hundía, lo hundía cada vez más. Trató de desprenderse de la mujer de seda para que no su hundiera con él. Pero ella estaba anudada a su cuello de hierrro. El viento sacudía a la mujer de seda como un jirón lastimado. Cesó la lluvia. El cuerpo de la mujer de seda desplegó en el aire y comenzó a flamear. Como una bandera, como una llama de color.

Fue una señal para otros. Pronto llegarían a rescatar al hombre de hierro que ya estaba casi hundido en la tierra.


Gigliola Zecchin de Duhalde (Canela)

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